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CÍRCULO ROJO-. Hay un instante preciso en que la música se detiene. Un momento íntimo —casi doméstico— en el que la vida, de pronto, pierde su ritmo. Ese gesto mínimo, el día que alguien deja de cantar en la ducha, se convierte en metáfora de una fractura profunda. Así nace El día que Amy dejó de cantar en la ducha, el primer poemario de Fermín Remírez, una obra extensa, confesional y atravesada por la urgencia de nombrar lo que duele.
Desde sus primeras páginas, el libro se abre como un espacio de desahogo: “Amy dejó de cantar, Amy dejó de sonreír, Amy dejó de vivir poco a poco…”, escribe el autor en uno de los poemas iniciales, donde la tristeza se compara con petróleo derramado sobre el alma. La imagen, oscura y delicada, resume el tono de un poemario que oscila entre la elegía emocional y la crítica social.
Remírez comenzó a escribir a los 16 años “como una manera de expresar mis ideales y cómo me sentía en aquel momento”, explica. Lo que era entonces refugio adolescente se convierte ahora, tras su mudanza a Madrid y dos años de trabajo literario, en un volumen que recorre amor, identidad, política y memoria como estaciones inevitables del crecimiento.
Amor y heridas: la rosa y sus espinas
En el corazón del libro late una poética del amor entendido como belleza y amenaza. “Cada vez que se enamoraba, la rosa florecía… pero el dolor que le causaban las espinas le oprimía todo el pecho”, leemos en La rosa, uno de los textos más representativos.
Remírez afirma que los poemas amorosos son esenciales porque en ellos describe no solo lo vivido, sino lo imaginado: “Creo que reflejan lo que para mí es el amor o cómo me gustaría que lo fuera”.
Ese amor, a menudo inalcanzable, aparece también ligado a la ausencia, al deseo y a la imposibilidad, como si todo sentimiento llevara ya escrita su pérdida.
Poesía social: escribir como acto político
Pero El día que Amy dejó de cantar en la ducha no se queda en lo íntimo. Una parte fundamental del poemario la ocupa la crítica social, con textos que hablan de opresión, identidad y resistencia. Remírez lo subraya con claridad: “Considero importante expresarme cuando escribo y plasmar lo que pienso”.
Así emergen poemas como Las trece rosas, homenaje a las jóvenes fusiladas en 1939, o El gay de bien, donde denuncia los moldes normativos y la violencia de la mirada ajena. Su poesía se vuelve entonces un grito generacional: la palabra como barricada, como herida abierta y también como defensa.
Inspirado por Lorca, Miguel Hernández, Benedetti o Maya Angelou —autores a los que reconoce como influencia—, Remírez escribe desde una tradición donde lo lírico nunca está separado de lo político.
Un libro dedicado a los suyos
La obra está dedicada a la familia y a las amigas cercanas del autor, “la gente más importante en mi vida y que siempre me ha apoyado”. Ese gesto íntimo refuerza el carácter personal de un libro que se presenta como recorrido vital: desde la adolescencia hasta la identidad presente, desde el desamor hasta la rebelión.
En la introducción, el propio autor lo explica con honestidad: este poemario quiere conectar al lector con su evolución emocional, con sus procesos internos, con las preguntas que permanecen.
Una voz joven, un universo oscuro y luminoso
El día que Amy dejó de cantar en la ducha es una obra variada y completa, donde conviven poemas de amor y desamor, reflexiones sobre la muerte, críticas al poder, y textos de una belleza sombría atravesada por jazz, lluvia y memoria.
Fermín Remírez debuta con una escritura directa, intensa, que no teme a la herida ni al exceso, porque entiende la poesía como eso que queda cuando todo lo demás se rompe.
En tiempos donde cantar parece un lujo, este libro recuerda que incluso el silencio tiene voz.
SINOPSIS
. El día que Amy dejó de cantar en la ducha es un poemario que se mueve entre la intensidad de lo personal y la contundencia de lo social, explorando el momento exacto en que el individuo se ve obligado a cuestionarse y reflexionar sobre múltiples temas.
Los poemas reflejan tensiones y problemáticas actuales con una mirada íntima del propio autor, invitando a pensar sobre la pérdida de los espacios privados y la lucha por preservar la esencia frente a las imposiciones externas.
Con la figura de Amy se rinde homenaje a la cantante, ya que el libro se abre con un poema que profundiza en su depresión y en cómo, a través del simple acto de dejar de cantar —o tararear— durante los gestos cotidianos, se pierde una parte del ser.
Este poemario es, en definitiva, una llamada a recuperar los momentos de vulnerabilidad y a no perder la capacidad de asombro ante la vida, mientras navegamos por un mar de incertidumbre.
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