El actor Pepe Viyuela (d) en 'Timón de Atenas', una de las obras menos representadas de William Shakespeare, que llega al Festival de Teatro Clásico de Mérida para ser un espejo de la sociedad actual, con sus hipocresías, consumismo, materialismo y corrupción del ser humano. EFE/Jero Morales

‘Timón de Atenas’ desnuda la ingratitud humana entre la opulencia y el desasosiego

‘Timón de Atenas’ ha acercado al público a un diálogo punzante entre la comedia oscura y la tragedia irónica. Un grito que resuena en la actualidad a través del conflicto entre la desinteresada filantropía, la codicia social y la más profunda misantropía del ser humano, dentro del programa del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida.

Con la dirección de Hernán Gené, esta propuesta despoja al héroe trágico de su opulencia inicial para descubrir las miserias del ser humano que interpelan directamente a Timón, interpretado por Pepe Viyuela. Un espectáculo que define un viaje a través de la farsa y el patetismo en un escenario donde coexisten la burla a la pretensión social y la realidad más cruda del abandono.

Con una escenografía móvil que montaban los propios actores a medida que avanzaba la obra, el Teatro Romano de Mérida se ha convertido en la pista de baile perfecta para los excesos y los aprovechados, junto con los que el espectador ha viajado en el tiempo para sentarse en palacios y los senados de Atenas. Una apuesta que, desde la generosidad desmedida y el dolor de la traición, ha permitido al público palpar las emociones de un hombre que ignoró las advertencias de los que eran sus verdaderos amigos y que, al caer en la ruina, constató amargamente cómo todos aquellos a los que agasajó le daban la espalda.

El actor Pepe Viyuela (2d) en 'Timón de Atenas', una de las obras menos representadas de William Shakespeare, que llega al Festival de Teatro Clásico de Mérida para ser un espejo de la sociedad actual, con sus hipocresías, consumismo, materialismo y corrupción del ser humano. EFE/Jero Morales
El actor Pepe Viyuela (2d) en ‘Timón de Atenas’, una de las obras menos representadas de William Shakespeare, que llega al Festival de Teatro Clásico de Mérida para ser un espejo de la sociedad actual, con sus hipocresías, consumismo, materialismo y corrupción del ser humano. EFE/Jero Morales

El público ha podido empatizar con este aristócrata caído en desgracia a través de un engranaje teatral que adopta códigos de la comedia, el arte y la farsa. En este sentido, el elenco ha elevado el espectáculo en una propuesta redonda donde la comicidad extrema no hace sino ensalzar y confirmar el gran dolor de Timón.

De la opulencia al desierto

Frente a la tiranía implacable del interés económico y el egoísmo puro de una sociedad cortesana que no quiere saber nada de los caídos en desgracia, Timón empieza su metamorfosis gracias a un desengaño absoluto tras verse rechazado por sus supuestos amigos. En su caída, el protagonista carga de soberbia y amargura al personaje a través de su voz, hilando un discurso sobre la ingratitud y la falsedad de sus iguales que, irremediablemente, pagarán su traición con el desprecio.

En una fusión casi idílica entre el texto clásico y la puesta en escena más cercana a la actualidad, Viyuela le ha dado la oportunidad a Timón para revivir su pasado de banquetes y regalos insensatos, a la vez que ha asumido tanto sus errores de cálculo como su ceguera respecto a quienes lo rodeaban.

El escenario se ha llenado de una aterradora fragilidad donde los gestos de los cortesanos revelan la agonía de aquel que pasa de ser el centro de todas las miradas a convertirse en un paria. Por esta razón, el dolor que consume al protagonista cobra más fuerza al acompañarse por la locura que le consume que Viyuela corona con un «Timón odia tanto a sus semejantes como a si mismo», además de el excelente vestuario que ha sido capaz de identificar a cada personaje sin necesidad de una presentación previa.

Timón de Atenas pasa del amor a la misantropía

La propuesta de Gené ha otorgado todo el peso dramático a la evolución interna del propio protagonista, cuyo viaje pasa de la extrema filantropía al odio más férreo. Timón es quien, frente a la inmensidad del teatro, asume el papel de una poderosa voz que apela a nuestra propia tendencia al aislamiento, hablándonos de tú a tú, incluso desde la tumba, para confirmar nuestros peores temores sobre la condición humana.

En el inicio de la historia, el relato nos muestra a un Timón imaginario que, tras su muerte, desea contar su historia al público. Con bravura y una fuerza salvaje reflejada en la interpretación, el personaje verbaliza sus hitos y desengaños con la rabia de verse despojado de sus afectos para demostrar que esta obra es, ante todo, el más penetrante análisis sobre el sentido satírico de la vida.

En un intento de suavizar la crudeza de su exilio, la adaptación rescata el momento en que, buscando raíces para comer en su faceta de ermitaño, el protagonista encuentra oro. Un giro del destino que, lejos de ablandarlo, utiliza para financiar el avance de un temible ejército sobre Atenas, demostrando que su herida es ya incorruptible.

El actor Pepe Viyuela (d) en 'Timón de Atenas', una de las obras menos representadas de William Shakespeare, que llega al Festival de Teatro Clásico de Mérida para ser un espejo de la sociedad actual, con sus hipocresías, consumismo, materialismo y corrupción del ser humano. EFE/Jero Morales
El actor Pepe Viyuela (d) en ‘Timón de Atenas’, una de las obras menos representadas de William Shakespeare, que llega al Festival de Teatro Clásico de Mérida para ser un espejo de la sociedad actual, con sus hipocresías, consumismo, materialismo y corrupción del ser humano. EFE/Jero Morales

Así, con una fuerza inquebrantable, el protagonista alienta la destrucción de la misma sociedad que lo vio caer, aunque el desenlace es inevitable. La puesta en escena se vuelve paulatinamente más sobria y la codicia inicial abandona la espectacularidad para centrarse en la pesadez de un ermitaño cansado, reflejando el peso de un destino que se avecina entre escombros morales.

Una lección de hipocresía

La caída de Timón representa el sacrificio definitivo de un hombre que prefirió la misantropía antes que volver a encadenarse a la hipocresía social, mientras que proclamó con amargura que la maldad y la ingratitud son inherentes a los seres humanos. En ese instante, cuestiona las bases mismas de la pretensión social y se castiga por su antigua ingenuidad.

Con el dolor de saberse traicionado por la idea del altruismo, comprende y acepta su final para enviar los resquicios de su testamento directamente al público. El tramo definitivo de la obra se corona con un desenlace que navega con destreza entre la comedia y la pena más pura, siendo el destino de Timón acepta su final y advierte al espectador de su abatimiento:  «Sol, oculta tu luz que el reinado de Timón ha terminado».

La tensión dramática se resuelve finalmente cuando el montaje nos regala un epílogo con el que se confirma que la tragedia más amarga y pesimista de Shakespeare es todavía un espejo incómodo, pero sumamente necesario. EFE

Paloma Palomo